9 de julio de 2014

Clara convaleciente

Dos meses. Nadie cómo yo para batir mi propio récord ¿eh? Hoy no traigo aventura divertida, o sí, según se mire. Os traigo un resumen empaquetado de lo que ha sido mi vida estos últimos meses. Sabéis que me marché al sur a dar clase a una universidad andaluza en la que he estado de lo más a gusto. Un ambiente estupendo, alumnos de todas las formas y pelajes y aunque muchas horas de trabajo, también mucho mucho aire fresco (cómo lo necesitaba). Marido tuvo que quedarse aquí a terminar sus prácticas pero fue a verme todos los fines de semana y aprovechamos para disfrutar de la playa a tope. Yo no sé a vosotros, pero a mi pocas cosas me recargan tanto las pilas como estar tumbada al sol, y cuando ya me siento achicharrada darme un buen baño de agua fría. Y ponerme morena, me pirra la piel playera. Ha sido lo mejor de estos meses lejos de los míos. Pero como lo bueno siempre tiene su fin, la aventura acabó y hubo que venirse a casa, que mi madre dice que echaba de menos discutir conmigo. Yo no echaba de menos sus comidas porque me ha alimentado en la distancia, es la mejor preparando tuppers. Ríete de los masterchef (Jordi deberías llamar a mi madre: para tuppers o para lo que sea, tú llámanos). 

Durante la primera fase de la mudanza tuve un contratiempo con unas cajas y me quedé literalmente tiesa. Menos mal que el sanitario ya tenía título y supo montarme en el coche y hacernos los 350 km de esa mañana. Fue su primer transporte de enfermos con papeles en regla. No puedo ni quiero contaros como fue el viaje. Sobre todo porque me tomé un valium y casi no me acuerdo. Primera parada, recogida título oficial de marido. Desde aquí doy las gracias a las enfermeras que a continuación me atendieron, me dieron de comer, me pincharon sin dolor y aguantaron mis gritos y llantos, porque a nadie más que a mi en esas circunstancias se le ocurre tumbarse en un sofá hecha un siete. A ver luego, quién era el guapo que me levantaba y me montaba en el coche para hacerme los 100 km que quedaban hasta casa. Yo pensé que tenía que quedarme a vivir tres días en el sofá de la enfermera. Pero conseguí emerger de las profundidades de la chaiselonge y aunque monté el espectáculo padre sé que ellos no me lo tienen en cuenta. Y que sepáis que no soy quejica, pero es que un pinzamiento lumbar duele mucho. Bueno, sí soy quejica, pero duele igual. Recuerdo decir que se me iba la vida, la vena dramática que me sale a veces. 

Pero recordáis que la mudanza la dejamos a medias porque me quedé como la Duquesa de Alba. Pues dos días de reposo después cogí madre, hermana y perro de hermana y nos fuimos a vaciar el resto de la casa. Bueno, de tres días, dos lo pasamos en la playa y uno limpiando, pero es que tenía que chantajearlas de alguna manera. Me he mudado nueve veces y ya me cuesta engañarlas ...

Domingo por la tarde. Casa de madre. Mudanza terminada y espalda casi recuperada. Y de pronto noto un ligero escozor en la garganta que no me gusta un pelo. Y que crece según pasan las horas. Lunes, médico diagnóstica faringitis, que no hable y me cuide la garganta. Toma ya. A mi, que no hable. Miércoles suena teléfono de marido, que no firme más la cartilla del paro que empieza a trabajar. Jueves búsqueda de piso y viernes encontramos el tesoro. De verdad, la semana más emocionante de mi vida y estoy casi muda. Y cuando hablo parezco Sabina. Por supuesto no me callo y a este paso la ronquera se me va a quedar crónica.

Así que en cuestión de diez días ya veis, vida nueva, con todo los cambios que conlleva. Lo bueno y lo malo, porque si no lo sabéis tengo mi anterior vida repartida entre un trastero y la casa de la que me dio la vida (y últimamente, la pensión completa) y todo hay que llevarlo a la casa nueva. Será la décima vez que me mueva de un lado a otro y me voy a dar el gusto de que lo hagan unos profesionales, que a mi ya me tocará limpiar y colocar. Espero no moverme en un tiempo, pero a Clarita le va la marcha y desde lejos, le viene el olor a mar ...

Portaos bien, compartid la entrada de Clara que llegue a más gente y el fin de semana os cuento cositas que os van a gustar.

Clara Como La Vida Misma



8 de mayo de 2014

Clara creando confusiones peligrosas

Madredemividaydelamorhermoso ... si hace 3 días que me sentaba a escribir la entrada del día del libro y ahora veo que es del mes pasado y ¡¡qué han pasado más de 2 semanas!! Luego me quejo amargamente de que nadie me descubre para escribir como reputada y reconocida bloguera en revistas de prestigio. Claro, si el que tiene que descubrirme cuando se pase por aquí pensará que soy una inconstante y que no tengo el suficiente compromiso para escribir con cierta regularidad ... señor cazatalentos, no es que sea una inconstante, es que tengo mucho trabajo pero yo le prometo que si me contrata le tengo yo una entrada calentita todas las semanas, de verdad de la buena.

Y no será porque no tenga temas ni material con el que escribir. Llevo muchos meses para contaros algo que me pasó en un tanatorio y que resultó muy divertido. Sí, habéis leído bien, tanatorio y divertido en la misma frase. Bueno, divertido cuando lo cuento, en el momento no tanto. Son cosas que solo me pasan a mi, o a mi padre. Y en este caso, pues nos pasó a los dos, aunque el clímax de la aventura me lo comí yo solita. 

Os sitúo. Tanatorio, pleno mes de julio. Un calor horrible. Y llega esa noticia que no te quieres creer pero que irremediablemente te lleva a estar cerca de los tuyos. Me quedo con mi abuela haciéndole compañía mientras que mi padre se vuelve al trabajo. Y aquí hago un inciso para explicar un detalle imprescindible para entender la aventura. Mi padre tiene un nombre especial, muy especial y muy... diferente. Digamos que mis abuelos estuvieron inspirados ese día y le pusieron el mismo nombre que tenía su padrino, que me dice el patriarca que eso era muy común por aquella época. Pongamos que mi padre se llama Ulises, porque no quiero desvelar su verdadero nombre, que luego las fans se revolucionan y me lo acosan. Ulises mola, igual que su nombre real. Algo así, diferente, con personalidad, de esos nombres que solo tiene él, su padrino y un alumno mío en esta nueva universidad que cada vez que lo llamo me hace una gracia ... porque parece que estoy llamando a mi padre y es un chico de 20 años con pendiente y coletilla ... bueno, que me voy del tema: Mi padre se llama Ulises por su padrino y nos volvemos al tanatorio con mi abuela y 50 grados a la sombra. 

La siguiente fase de la aventura es que llega el hermano mayor de mi padre desaforaíto, que es una palabra que quiere decir que venía algo alterado, porque ha leído en las pantallas que se ha muerto Ulises García. Y yo que desconocía el origen del Ulises que me dio la vida, digo, ah, pues pobre hombre, pero claro en un tanatorio pues es lo más habitual que te pase si miras las pantallas ... Que no Clarita, que es el padrino de tu padre, que fíjate como es la vida que nosotros estamos aquí por otro familiar y nos encontramos con esto. Mi abuela que es una señora de lo más cumplida y educada que se acerca a ver a la viuda del Ulises original y se queda allí un ratito con ella. Pero como el desaforaíto seguía con el impacto de haber descubierto la noticia insitu y vino a contármelo 10 veces pues me sentí en la obligación de representar a mi padre de alguna manera, y mostrarle los respetos a la viuda, que yo como mi abuela a veces soy muy educada y cumplida (ella siempre, yo solo a veces). Lo que no sabía yo es que los hechos se iban a desarrollar así. 

Otra punta del tanatorio, mismo calor, menos gente en la sala. Entro acompañada del relaciones públicas de la familia, yo toda comedida y él todo emocionado, y no se le ocurre otra cosa más que decir:  

- ¡Ha venido la hija de Ulises!¡Esta es la hija de Ulises!

Y se hace el silencio absoluto. Y todo el mundo se queda blanco. Y yo me doy cuenta de que algún detalle se nos ha pasado. Ahora es cuando toca explicar que la viuda tenía alzheimer y no sabía dónde estaba, que las sobrinas no conocían la existencia de mi padre, y que a mi abuela no le dio tiempo de reaccionar. A estas alturas ya os habéis dado cuenta de que todo el mundo pensó que yo era la hija del Ulises de cuerpo presente. Y si no os habíais dado cuenta, pues ya os lo digo yo. Un señor de ochentaypico años con una hija treinteañera que se presenta allí a por su parte de la herencia ... de novela mexicana ...

Tras los 10 segundos más largos de mi vida, su sobrina logra preguntar con un hilo de voz: "¿Cómo la hija de Uliseeeees?" Con mucho énfasis en la e, y con tono como de haberse tragado un pollo. Es que imaginaros el panorama. Y yo, que a veces soy un poco pava, sin pollo pero con otro hilo de voz, le digo: "La hija de Ulises, pero del ahijado de Ulises, no de este, de otro ...". 

Entonces les volvió a todos el color a la cara y mi abuela explicó la historia de porqué su hijo se llamaba como el difunto. Y todos rieron aliviados porque era una confusión. Y porque no me llevaba la herencia. Y yo respiré sin hiperventilar. Hubiera sido mejor explicarlo todo antes de que nadie irrumpiera diciendo que había llegado la hija de fulano difunto, pero claro, no hubiera sido tan divertido, ni una historia propia de Clarita y su padre, que se podía haber llamado Juan, pero le tocó llamarse como mi alumno, el que tiene coletilla y pendiente ...

Más aventuras próximamente en Clara Como La Vida Misma

Esta entrada se la dedico a la que ese día perdió a su compañero de vida. Porque ella es el mejor ejemplo de que incluso en los peores escenarios tiene que haber sitio para la risa. Porque es la persona más positiva y fuerte que conozco y porque la quiero muchísimo y no se lo digo las veces que debería. 


23 de abril de 2014

Clara devoradora de libros

Mis padres me enseñaron a leer antes de empezar el colegio porque decían que resultaba un coñazo estar siempre contestando a la pregunta: ¿papá/mamá qué pone ahí? Ya véis, yo no era una niña de porqués, era una niña que obligaba a mis padres a leerme carteles y vallas publicitarias cuando salíamos a la calle. Mi primer año en el colegio, mientras mis compañeros aprendían la m con la a, yo leía libros del Barco de Vapor ¿los recordáis? eran los mejores libros del mundo mundial. Recuerdo un día que mi padre me regaló uno de ellos al llegar del trabajo. Se llamaba "El Huracán Machacapalabras" y todavía lo conservo. Me lo leí ese mismo día mientras mi madre veía la novela. Que aquí hago un inciso, que mi madre no es de novela (que como lo lea se va a enfadar), pero cuando el boom de Cristal se enganchó y se la tragó enterita (y no lo niegues mamá que yo me acuerdo). Y lo recuerdo muy bien, porque me dejó toda la siesta a mi aire. Que veáis que también he sido una niña muy aferrada a los detalles. Estábamos en la hora de la siesta, con Cristal de fondo. Y yo leyendo mi libro. Me lo acabé, de un tirón, no descansé ni para beber agua. A mi favor debo decir que era muy cortito. Pero cuando mis padres se enteraron, en vez de felicitarme por ser una niña superdotada en la lectura, se cogieron un mosqueo del quince. Y me dijeron que ya no me comprarían más libros porque no me duraban nada y tenía que aprender a dosificarlos. Para que veáis los esfuerzos que he tenido que hacer, menos mal que no me ha quedado trauma, pero porque también he sido una niña muy estable. Los libros juveniles se acabaron ese mismo día, sólo los recibiría en cumpleaños y reyes, pero el resto de los 363 días del año, tenía que seguir leyendo.

Entonces no tuve más remedio que acudir a la biblioteca inmensa y de lo más variopinta de mi madre, y así, con poco más de diez años, leí por primera vez la Casa de los Espíritus (dos veces seguidas). Luego llegó Flores en el Ático, Cañas y Barro y Los Santos Inocentes (que por cierto, también me lo leí de un tirón un sábado campero). Todo un poco truculento, pero como era una niña estable (que ya lo he dicho) y mis padres no se coscaban de mis robos de libros, no hemos tenido que lamentar consecuencias, más allá de un gusto por la tragedia que todavía controlo. Con trece años cayó en mis manos Cien Años de Soledad. No es lectura para una niña, pero es que yo me lo merendaba todo. Recuerdo haberlo disfrutado como pocos, pero también recuerdo llorar mucho al final. No porque me diera pena como acaba. Lloraba porque se había terminado la lectura, porque no podría volver a imaginar a los personajes, sus caras, sus voces, ni tampoco los escenarios, ni los olores y luces que componían la historia (sí, toda esa vida interior tengo cuando leo). Lloraba mucho porque tenía que despedirme de ellos, y aunque volviéramos a reencontrarnos, yo sabía que nunca sería como la primera vez.

Fue la primera vez que me pasó, pero ese llanto de despedida, desde entonces me ha acompañado en muchas lecturas, y siempre que leo un buen libro, no puedo evitar una lágrima al despedirnos. A lo largo de estos años han pasado por mis manos obras de todo tipo. Durante un tiempo solo leía un libro y no lo dejaba hasta acabarlo, por malo que fuera. Siempre tenía la esperanza de que podría mejorar. Con el tiempo he aprendido que algunos nunca mejoran y a veces hay que abandonar. También he aprendido a compaginar lecturas y leer varios libros a la vez, dependiendo de mi estado de ánimo. 

Mis padres me dicen que tengo mucha imaginación. Mi hermana, que vaya vida interior que me monto. Mis profesores siempre alabaron mi expresión escrita y que no cometía ninguna falta de ortografía. Mis amigos me dicen que soy muy divertida contando historias. Mi marido, que transmito siempre justo lo que quiero decir, y no otra cosa. Y vosotros, todos los que leéis el blog, que os encanta Clara. Pues que sepáis que cada una de esas cosas, vienen todas del mismo sitio. De la niña repelente que todo lo quería saber y que descubrió en los libros a sus mejores aliados, compañeros y amigos. Que aprendió a leer antes que nadie y que duerme con un libro en la mesilla hasta cuando va de camping. Que tiene un revistero en el cuarto de baño y que ha sucumbido a los tiempos modernos y al libro electrónico pero que disfruta de lo lindo manoseando las páginas de un buen libro en papel. Que cree que todos los días, deberían ser el día del libro.

Y otra cosa quiero decir, para que ya se os caiga el mito del todo. He leído los libros de Jorge Javier Vázquez, Belén Esteban y David Rocasolano. Los dos últimos son infumables, pero el primero me encantó y no me avergüenzo ni un ápice. Porque también he leído El Quijote y La Celestina, y no porque ningún profesor de literatura me lo mandara, sino porque me apetecía hacerlo. Con esto quiero decir, que lo importante es alimentarse leyendo, abrir la mente, explorar otros mundos, viajar a lugares inventados e imaginar personas que nunca existieron. Y que si en ese proceso de alimentación, entre solomillo y solomillo, te apetece una hamburguesa, pues te la comes sin dar explicaciones a nadie. Que es lo que hago yo. Como dice la enganchada a Cristal: tú hija, haciendo siempre, lo que te da la gana ...

Feliz día del libro. Clara Como La Vida Misma.