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8 de mayo de 2014

Clara creando confusiones peligrosas

Madredemividaydelamorhermoso ... si hace 3 días que me sentaba a escribir la entrada del día del libro y ahora veo que es del mes pasado y ¡¡qué han pasado más de 2 semanas!! Luego me quejo amargamente de que nadie me descubre para escribir como reputada y reconocida bloguera en revistas de prestigio. Claro, si el que tiene que descubrirme cuando se pase por aquí pensará que soy una inconstante y que no tengo el suficiente compromiso para escribir con cierta regularidad ... señor cazatalentos, no es que sea una inconstante, es que tengo mucho trabajo pero yo le prometo que si me contrata le tengo yo una entrada calentita todas las semanas, de verdad de la buena.

Y no será porque no tenga temas ni material con el que escribir. Llevo muchos meses para contaros algo que me pasó en un tanatorio y que resultó muy divertido. Sí, habéis leído bien, tanatorio y divertido en la misma frase. Bueno, divertido cuando lo cuento, en el momento no tanto. Son cosas que solo me pasan a mi, o a mi padre. Y en este caso, pues nos pasó a los dos, aunque el clímax de la aventura me lo comí yo solita. 

Os sitúo. Tanatorio, pleno mes de julio. Un calor horrible. Y llega esa noticia que no te quieres creer pero que irremediablemente te lleva a estar cerca de los tuyos. Me quedo con mi abuela haciéndole compañía mientras que mi padre se vuelve al trabajo. Y aquí hago un inciso para explicar un detalle imprescindible para entender la aventura. Mi padre tiene un nombre especial, muy especial y muy... diferente. Digamos que mis abuelos estuvieron inspirados ese día y le pusieron el mismo nombre que tenía su padrino, que me dice el patriarca que eso era muy común por aquella época. Pongamos que mi padre se llama Ulises, porque no quiero desvelar su verdadero nombre, que luego las fans se revolucionan y me lo acosan. Ulises mola, igual que su nombre real. Algo así, diferente, con personalidad, de esos nombres que solo tiene él, su padrino y un alumno mío en esta nueva universidad que cada vez que lo llamo me hace una gracia ... porque parece que estoy llamando a mi padre y es un chico de 20 años con pendiente y coletilla ... bueno, que me voy del tema: Mi padre se llama Ulises por su padrino y nos volvemos al tanatorio con mi abuela y 50 grados a la sombra. 

La siguiente fase de la aventura es que llega el hermano mayor de mi padre desaforaíto, que es una palabra que quiere decir que venía algo alterado, porque ha leído en las pantallas que se ha muerto Ulises García. Y yo que desconocía el origen del Ulises que me dio la vida, digo, ah, pues pobre hombre, pero claro en un tanatorio pues es lo más habitual que te pase si miras las pantallas ... Que no Clarita, que es el padrino de tu padre, que fíjate como es la vida que nosotros estamos aquí por otro familiar y nos encontramos con esto. Mi abuela que es una señora de lo más cumplida y educada que se acerca a ver a la viuda del Ulises original y se queda allí un ratito con ella. Pero como el desaforaíto seguía con el impacto de haber descubierto la noticia insitu y vino a contármelo 10 veces pues me sentí en la obligación de representar a mi padre de alguna manera, y mostrarle los respetos a la viuda, que yo como mi abuela a veces soy muy educada y cumplida (ella siempre, yo solo a veces). Lo que no sabía yo es que los hechos se iban a desarrollar así. 

Otra punta del tanatorio, mismo calor, menos gente en la sala. Entro acompañada del relaciones públicas de la familia, yo toda comedida y él todo emocionado, y no se le ocurre otra cosa más que decir:  

- ¡Ha venido la hija de Ulises!¡Esta es la hija de Ulises!

Y se hace el silencio absoluto. Y todo el mundo se queda blanco. Y yo me doy cuenta de que algún detalle se nos ha pasado. Ahora es cuando toca explicar que la viuda tenía alzheimer y no sabía dónde estaba, que las sobrinas no conocían la existencia de mi padre, y que a mi abuela no le dio tiempo de reaccionar. A estas alturas ya os habéis dado cuenta de que todo el mundo pensó que yo era la hija del Ulises de cuerpo presente. Y si no os habíais dado cuenta, pues ya os lo digo yo. Un señor de ochentaypico años con una hija treinteañera que se presenta allí a por su parte de la herencia ... de novela mexicana ...

Tras los 10 segundos más largos de mi vida, su sobrina logra preguntar con un hilo de voz: "¿Cómo la hija de Uliseeeees?" Con mucho énfasis en la e, y con tono como de haberse tragado un pollo. Es que imaginaros el panorama. Y yo, que a veces soy un poco pava, sin pollo pero con otro hilo de voz, le digo: "La hija de Ulises, pero del ahijado de Ulises, no de este, de otro ...". 

Entonces les volvió a todos el color a la cara y mi abuela explicó la historia de porqué su hijo se llamaba como el difunto. Y todos rieron aliviados porque era una confusión. Y porque no me llevaba la herencia. Y yo respiré sin hiperventilar. Hubiera sido mejor explicarlo todo antes de que nadie irrumpiera diciendo que había llegado la hija de fulano difunto, pero claro, no hubiera sido tan divertido, ni una historia propia de Clarita y su padre, que se podía haber llamado Juan, pero le tocó llamarse como mi alumno, el que tiene coletilla y pendiente ...

Más aventuras próximamente en Clara Como La Vida Misma

Esta entrada se la dedico a la que ese día perdió a su compañero de vida. Porque ella es el mejor ejemplo de que incluso en los peores escenarios tiene que haber sitio para la risa. Porque es la persona más positiva y fuerte que conozco y porque la quiero muchísimo y no se lo digo las veces que debería. 


2 de abril de 2013

Madrugón (I)

Hoy he hecho el titánico esfuerzo de levantarme temprano. A las nueve en punto de la mañana ya estaba café en mano. ¡Ohhhh! pensaréis algunos, ¡a las nueve de la mañana, a esas horas en las que algunos llevamos un buen rato en el mundo! (no sé si se detecta la ironía en vuestras palabras. Creo que sí). Pues os informo a todos aquellos que os atrevéis a considerar que las nueve no son ni mucho menos una hora escandalosa para madrugar, que para mi, lo es. Y para otros muchos que como yo se levantan y no tienen absolutamente nada qué hacer, más que sentarse frente al ordenador a recorrer portales de empleo, blogs de orientación profesional, hacer la cama, darle de comer a Pou y cosas por el estilo. 

A mi no me ha gustado nunca madrugar. Jamás de los jamases. Recuerdo ser pequeñita y despertar con una leve "piquiña" en la garganta y pensar: "¡¡Bieeeen, estoy malaaa, y puedo dormir un rato másss!!". Así de masoca soy con tal de dormir hasta tarde. Pero me levanto temprano con más o menos esfuerzo cuándo tengo algo que hacer. Y desde que todos en casa estamos en paro, hacer algo (lo que sea) se ha convertido en toda una aventura. Hay gente que me dice: "pero bueno, levántate, coge una rutina y así seguro que aunque solo sea por satisfacción personal, te vas a sentir mejor". Toma ya. Satisfacción personal. Sentirse bien. Y se quedan tan a gusto. Y con lo de la rutina ya ni os cuento ...

Es como lo del deporte. Mi padre está muy orgulloso de mi cuando voy al gimnasio o salgo a caminar algunos kilómetros. Siempre me dice: "Qué bien chiqui, ¿a qué te sientes muy bien después?".Y yo ya no se lo digo por no decepcionar al pobre hombre, que aún a mis 30 años de sedentarismo total se ilusiona cuando hago un movimiento más de lo normal. Pero me gustaría decirle "No papá, no me siento nada bien. Es más, después de las palizas en el gimnasio o del aburrido paseo de la tarde, me siento cansada, he sudado, me duele la espalda y solo pienso maldita la hora en la que pensé que mi cuerpo me lo agradecería, y no lo hace". Pero pobre padre, no se lo merece, y solo me río y cambio de tema (aunque creo que como mi padre es listo, a veces lo intuye). Así que sigo haciendo esfuerzos deportivos aunque no me reporten a corto plazo satisfacción de ningún tipo. Por si acaso. Menos el yoga. Ese no me lo toque nadie. Pero esa historia se merece una reflexión aparte. 

Ya se me fue el hilo. Cómo me liáis. Si es que tengo que explicaros todo desde el principio de los tiempos y claro, se me acaba el post y no puedo contaros a lo que venía. El caso es que a las nueve estaba ya en marcha y café en mano (volvemos al segundo renglón) y me he sentado a revisar correo, portales de empleo y facebook (facebook lo último, por supuesto). Y como desde el principio de los tiempos, he puesto de fondo a AnaRosa, que es una cosa de supermaruja a la que no pienso renunciar nunca. Y el karma, por portarme bien y levantarme temprano, hoy sí que me ha hecho un regalo. Qué digo un regalo, un regalazo ...

¿Pero sabéis qué pasa? Que las reglas de la escritura en internet me dicen que a estas alturas ya estaréis cansados de leerme y darle al scroll del ratón. Que probablemente hacer rato que hayáis perdido el interés y estéis pensando "la pesada esta como se enrolla y no nos cuenta nada". No os torturo más. Ya me callo. Pero tendréis que esperar a la segunda entrega de este post para saber qué es eso tan emocionante que me ha pasado esta mañana ...

...Continuará ...

PD. No me digáis que como escritora de intriga a lo Agatha Christie no tengo precio. 

12 de enero de 2010

Emociones blancas


No se habla de otra cosa. Ayer los teléfonos no paraban de sonar. Todos, incluidos los más pequeños, salían a la calle para disfrutar de la nevada. Los periódicos y telediarios nos cuentan la crónica desde esta mañana. Hacía 27 años que no vivíamos algo igual, o al menos parecido.

Y sé que son exactamente 27 años (a falta de un mes exacto) porque llevo escuchándolo desde que tengo uso de razón: "el día que tú naciste, nos levantamos con un manto blanco cubriéndolo todo, hacía un frío increíble y había nevado en la ciudad, fue la última vez". Y con esa sentencia: "el día que tú naciste, nevó por última vez" he crecido toda mi vida. Con cierto sentido de culpa, como si por mi llegada a este mundo la nieve nos hubiera abandonado. Con la creciente esperanza de que a modo de regalo de cumpleaños la estampa volviera a repetirse. Con nostalgia de un día que se vivió intensamente, que no recuerdo, pero que todos los que me quieren tienen muy presente.

Ayer, poco menos de un mes para la fecha, como anticipo de regalo de cumpleaños, el teléfono me sacó de la cama a trompicones, camino de la casa de campo de la familia. Increíble paisaje durante casi 50 kilómetros. Cada cruce una sorpresa, casa sitio reconocible un suspiro, cada curva una foto, ansiosas mi hermana y yo de inmortalizarlo todo. Pero si el viaje fue emocionante, resbalones en el hielo incluidos, el llegar al sitio que te ha visto crecer, y encontrarlo todo blanco, no tiene palabras.

Espectacular. Inmaculado. Precioso. El porche de la casa impresionante, resguardado por mi padre, en guardia para que nadie pisara la nieve virgen y pudiéramos disfrutarla. No paramos de reír, de saltar, de gritar, de hacer mil fotos. Encantados si nos quedábamos aislados y no hubiéramos podido volver a casa. Encantados de que el temporal nos diera la oportunidad de disfrutar de unas horas más de la nieve. Encantados por poder vivir esta experiencia y volver a ser niños de nuevo.

No cambiaría por nada el día de ayer. Ya veis que cosas, con que poco me conformo. Un poquito de nieve. La ilusión de mi padre por que llegáramos a tiempo, las lágrimas incontenibles de mi hermana, la emoción de mi madre transmitiéndome la nevada en la ciudad minuto a minuto. Incluso los instantes más difíciles en los que no podíamos sacar el coche de la nieve, incluso ahí, estuve disfrutando como una niña. Estos son los momentos que merecen la pena, los que te quedan sin aliento y te hacen mantener en la memoria años y años. Ahora entiendo porque las circunstancias de mi nacimiento son tan recordadas. Ahora sé que este domingo del mes de enero no se me olvidará en la vida. Y ahora tendremos que decir: "cuando tú naciste nevó en la ciudad ... y ya no volvió a hacerlo hasta el año que te casaste ...".

16 de diciembre de 2009

Navidad, dulce Navidad

Parece que al final el hombre del tiempo me ha hecho caso, y tanto pedir que llegara el frío, nos hemos levantado esta semana con temperaturas bajo cero... I´m sorry, yo no quería llegar a estos extremos.

Y con el frío llega de la mano la Navidad, dulce Navidad. Dulce sí, para quien las pasa tranquilas. Porque la Navidad para algunos es un quebradero de cabeza, y un correr de un lado a otro. Y eso que son mis últimas navidades de soltera, que no sé yo si el matrimonio el año que viene me traerá obligaciones también en estas fechas.

Para empezar estaré indigesta hasta el 20 de enero. A las comidas con los compañeros, amigos y familia, las fechas claves, unirle las navidades alternativas que acabamos celebrando. Porque hay una nochebuena con mamá, y una con papá, y luego otra con los abuelos. Que no me malinterpretéis, si me encanta, pero tanto langostino me da un poco de acidez. Nos tomamos las uvas dos veces, una el 31 (este año me las tomo con Belén y J. Javier vamos) y otra en otro día indeterminado, serpentinas incluidas. Y desde el 4 de enero estamos comiendo roscón hasta para el aperitivo. Desafortunadamente un año descubrí que el día 7 de enero los roscones que sobraban los vendían a precio de saldo, y desde entonces tengo la costumbre de comprarlos de todos los colores y sabores. Lo que yo so digo, indigesta hasta el 20 de enero mínimo.

Pero no todo son pegas. Os he dicho mil veces que tener una familia desestructurada (pero bien avenida) tiene sus ventajas, y en estas fechas también. Si bien los primeros días de Navidad se nos hacen un poco más raros, todo cambia el día de Reyes. Lo siento progenitores, pero tener padres divorciados cuando hay regalos de por medio, ¡es genial! Os prometo que ese día acabamos muertos ... Nos levantamos sobre las 6 de la mañana con ansia infantil: regalos en casita. Desayuno y roscón en casa de mamá: regalos. Desayuno y roscón en casa de papá: regalos. Visita a casa de la tía: regalitos. Reunión macrofamiliar en casa de los abuelos y aperitivo: ¡¡más regalos!! Comida multitudinaria y visita a la familia del pueblo: regalos. Volvemos a casa tan cargados que a veces he pensado que si nos para la guardia civil nos detiene por haber atracado carrefour.

A última hora de la noche coloco todo encima de mi cama, algo que llevo haciendo desde que me alcanza la mente, y disfruto de todos los regalos. Miro despacio cada cosa y pienso que haré con ella, donde voy a ubicarla. El día de Reyes está colocado justo al final de la Navidad para que los que tenemos un sabor agridulce estas fechas podamos sobrevivirlas pensando solo en el final. Es materialista, egoísta y mi padre sentenciaría, con esa alma de psicólogo que ahora tiene más que nunca, que probablemente se base en el consumismo que hemos desarrollado, algo relacionado con recuerdos infantiles subyacentes y alguna carencia emocional. Él es así. Me da igual, en serio. Analiza lo que quieras, pero sigue comprándonos mil cositas para que resolvamos nuestros problemas emocionales ... ¡Dulce Día de Reyes!

24 de julio de 2009

Estrés pre-vacacional

No imagináis el estrés que arrastro estos días. Entre trabajo, proyecto, maleta, ultimar los detalles del viaje y gestiones varias no soy persona. Para los que aún no os habéis enterado: sí, nos vamos de vacaciones a Tenerife, el lunes sale nuestro avión. No es Punta Cana mojito en mano, pero se le parece mucho ¿no? y como yo voy a tener mi trocito del Caribe este verano (aunque sea en el Atlántico), mi futuro se compró la psp, que si alguno tenía que ceder, no iba a hacerlo el solo.

Explicaciones apartes, mil preparativos que hacer. La maleta, una sola para los dos, aunque con el tamaño que tiene no sé si nos dejarán embarcar … Ayer, toda la tarde de rebajas, en busca del bañador perfecto para mi novio, y algún pantaloncillo corto para lucir cacha. Pues nada, las rebajas este año son un poco caca. Eso sí, yo me traje dos pares de pantalones, unos zapatos divinos, un bañador con mucho glamour con pareo incluido y la adquisición estrella: un gorro blanco de ala ancha auténtico para ir a las Canarias y lucir divina. Claro, cuando me ve entrar en casa, llena de bolsas, y diciéndole que no había encontrado nada casi me da la risa …

A todo ello se suma que mañana me voy de fin de semana campero familiar. Que con todo lo que tengo que organizar, la gente me dice que lo posponga. Pero no lo haré, me niego a cancelarlo, aunque tenga que hacer malabares y dejarlo todo listo esta noche. Los fines de semana padre e hijas se organizan dos veces al año, una en Navidad (lo llamamos nuestra Navidad alternativa) y otro en verano. Consiste en pasar un mínimo de dos días en nuestro refugio particular, sin parejas, sin agobios, sin obligaciones y, si puede ser, sin estar colgados del móvil. Disfrutamos de la compañía mutua, nos relajamos y nos contamos nuestras cosas sin atropellarnos, hacemos excursiones y papá siempre nos prepara alguna delicatessen, sorpresita incluida. Por unos días al año nos olvidamos del resto del mundo y solo estamos nosotros, volvemos a ser las niñas pequeñas que se dejan mimar. Me encanta y estoy deseando que lleguen esos días para estar con mi hermana y mi padre. Los necesito como agua de mayo. Y es que cuando tienes una familia atípica, como la mía, en la que cada uno tiene hecha su vida, es muy importante buscar momentos para compartir, para estar juntos. A veces es complicado cuadrar las agendas, pero podemos presumir de que el tiempo que pasamos juntos es elegido y de calidad, eso os lo garantizo.

Y también que me voy a perder una pedida de mano de alta alcurnia, que en mi vida he asistido yo a un evento de este calibre y me encantaría ver como capotea el novio el momento. Sobre todo porque es sorpresa, y va a encontrarse de lleno con la fiesta (no, nos os preocupéis que no lee el blog, no hay peligro de que se entere por aquí). Quiero verle las caras a los futuros esposos y el pedrusco que lucirá la prometida esa noche, porque habrá pedrusco, lo intuyo. Voy a perderme un fiestón, lo sé. Pero la protagonista sabe que mis razones son indiscutibles, que los planes son inamovibles y que si mis amigos son importantes, a mi familia la necesito. Yo sé que ella lo entiende a la perfección, por eso es mi mejor amiga.

Ahora ando liada con la maleta, dejando la casa limpita para mi marcha y buscando las pilas para la cámara de fotos, que nunca, nunca, las encuentro a tiempo. Entre lavadora y plumero me siento un ratito para estar con vosotros. Y me doy cuenta de que el síndrome de la superwoman no me gusta nada, que eso de trabajar en lo tuyo, acarrear con la casa, el coche, el marido y los niños (yo de momento solo tengo gato), organizar las cosas del banco y hacer la compra, además de estar esplendorosa, divina y realizada no va para nada conmigo. Pero eso es un tema que debatiremos en el siguiente post, porque aunque me vaya unos días, Clara no cierra por vacaciones …

14 de junio de 2009

La mirada de los cien metros

Viví una época en la que solo encontré baches y obstáculos. Una época en la que me resultaba difícil desempeñar mi trabajo, porque aquellos que deberían haberme ayudado me lo pusieron más difícil aún. Un tiempo que no pude disfrutar como me hubiera gustado y en el que me escondí de los demás, ocultando con vergüenza quién era, y porque estaba allí. Ahora, casi tres años más tarde, las cosas han cambiado mucho, y he aprendido que la vida no es fácil, pero que todo tiene su recompensa, aunque a veces no sepamos verlo o tarde en llegar.

Recuerdo como un día encontré encima de mi mesa un artículo que llevaba mi nombre. Se publicó en enero del 2007 en El Semanal y aunque está firmado por Arturo Pérez Reverte y dedicado (creo) a su hija, perfectamente aquel que mejor me conoce y lo dejó en mis manos, me lo podía haber escrito a mi. Me gustaría compartirlo con vosotros porque es de lo mejor que he leído.

“Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando. Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente. Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil. El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean. Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.”
                                                                                     Arturo Pérez Reverte, enero 2007


Lo tengo arrugado de tanto leerlo, a veces incluso mojado por las lágrimas que no puedo evitar. Me sé de memoria las frases que reconozco como tuyas, y que me has repetido mil veces. Y no hay día difícil que no lo lleve encima o que no recuerde tus consejos, ni día que no acuda a ti cuando algo me inquieta, porque solo tú sabes que decirme en cada momento. Esas palabras que le pediste al escritor, y que con su permiso hiciste tuyas, no solo me ayudaron en aquel momento, todavía hoy las tengo presente. Qué suerte de tener un Reverte para mi sola. Te quiero mucho papá.

6 de mayo de 2009

Y el mundo ... no se paró

8.00. Últimos retoques, pelo en su sitio, ropa cómoda y dni en la mano. Tengo mis ranitas de Salamanca en el bolsillo, me acompañaron durante 4 años de carrera y hoy se merecen una oportunidad. Llaves, móvil. Respira hondo. Salimos de casa.

8.30. El examinador no mide dos metros, ni esta cubierto de pelo, ni tiene ojos y lengua de serpiente, como yo esperaba. Resulta que es un hombre totalmente normal. Me siento a su lado, tiesa como una vela, respirando hondo. En esta ocasión me toca hacerlo la segunda. No estoy nerviosa, pero no muevo un músculo.

9.00. Cambio de conductoras. Asiento. Embrague y freno. Primera y salimos. Mi primer examen de conducir acaba de empezar. Y solo comenzará a torcerse 5 minutos después, cuando la voz grave de mi espalda me indica un desvío que jamás en la vida he tomado, es más, que jamás en la vida ha tomado nadie que yo conozca. Diría que eso no estaba ahí ayer. Voy a ciegas, no tengo ni la más remota idea de a donde vamos, y eso es lo peor que le puede pasar a una novata. Pero no voy nerviosa, lo he hecho más o menos. El maldito desvío lleva a la autovía, mi mayor punto débil. Me juro a mi misma que no lo voy a hacer mal, pero lo hago, claro. Si llevo 20 prácticas saliendo mal de la autovía, ¿cómo coño hoy me ha dado por pensar que saldría bien? Y la incorporación a la carretera no es mejor, ¿de dónde leches sale tanto tráfico? si no me ha mandado parar, es que todavía hay esperanza, ya casi estamos cerca, aguanta un poco, solo una rotonda más ...

9.10. Y puedo decir exactamente cual fue el momento en el que suspendí el examen: "Aparque cuando pueda". Ains, eso es que tengo una oportunidad ... Marcha atrás, embrague, freno ... el puto coche no se mueve, no ha entrado la marcha ... punto muerto otra vez ... levanto el pie del embrague ... solo que en vez de punto muerto he metido primera y el coche se cala. Y ese es justo el movimiento que me faltaba para estropearlo. Me entraron ganas de darme la vuelta y preguntarle "aquí ya la he cagado del todo ¿verdad?".

En resumidas cuentas, mi suspenso estrepitoso ha sido una mezcla de mala suerte con el recorrido y un cóctel de mis puntos débiles. El examen lo he suspendido yo solita, que conste, me he equivocado en todo lo que me podía equivocar y en alguna cosa más que el examinador no se ha dado cuenta. Lo bueno es que se cuales han sido mis fallos y lo malo, que no me han traicionado los nervios (siempre le podía haber echado las culpas a ellos).

Mi coach paterno-incondicional, que me quita la presión del aprobado, creo que sabía lo que iba a pasar, y aunque me animaba a aprobar, en el fondo lo estaba viendo, porque el nunca se equivoca. Y me ha preparado para ello, a él le daba igual el resultado, la estadística me acompañaba. Ya me veía con la L plantificada en el megane esta misma tarde (alguna más también lo veía, tenemos que revisarnos la vista acuérdate), pero no ha sido así, y lo mejor es que no ha pasado nada. No me ha tragado la tierra, no se ha parado el reloj, la vida sigue, los pájaros cantan y Jorge Javier ha vuelto a la T5. La semana que viene lo intentaré otra vez, y ya me dará igual, cuando tenga que aprobar pues lo haré y punto. Que pierdo mucha energía visualizando, animándome y controlando mis nervios el día antes. Que no he tenido vida en dos semanas más allá de las clases. Que no ha habido momento en el que no me montara como copiloto y fuera moviendo los pies y pensando en las marchas. Que paso, que cuando el mundo esté preparado para mi arte conductor pues aprobaré. Que en peores plazas he toreao.

Y como siempre hay que verle el lado positivo a todo, en parte me alegro de haber suspendido (pero solo un poquito ¿eh?), porque me he dado cuenta que estoy rodeada de gente extraordinaria. Gracias por vuestros mensajes de apoyo, por vuestros ánimos, por las dedicatorias en las redes sociales, por las llamadas y por estar pendiente de mi cada minuto desde ayer a las 9.30. Sois los mejores.

30 de abril de 2009

Examen de conducir

No hace ni una hora que he llegado a casa. Desde las 7 que me levanté, digo yo que está bien ¿no? Que a mi no me gusta ser una superwoman trabajadora de esas de los anuncios de actimel que no para en todo el día. A mi me gusta tomarme la vida con más calma y no madrugar tanto. La mañana movidita, ha sido el día del centro y no he parado, menos mal, porque no teníamos internet en el despacho y si tengo que estar allí sentada, me corto las venas. Y por la tarde he pasado un rato muy divertido en buena compañía, conociendo a un grupo de mujeres con una juventud y frescura de envidia. En especial una de ellas, la más guapa de todas. Con la que está cayendo y como le brillan los ojos. Un modelo a seguir, un ejemplo de como no hay embiste que te de la vida que no puedas superar. M. me quito el sombrero. A tus pies.

Y ahora, recién duchadita y empijamadita estoy en la cama, con la final de Fama de fondo. Haciendo las tareas que me ha mandado mi padre, visualizando mi examen de conducir. Y es que me examino la próxima semana, y tengo miedito. Mucho miedito. Sigo con la teoría de que no se puede atender a todo con solo 5 sentidos. Contando con que el olfato y el gusto no participan en la conducción, solo me quedan 3; y el tacto y el oído ... tengo mis dudas. Pero me he hecho la promesa de que cuando apruebe, tengo que prescindir de algo. Sí, sí, no me miréis así. Algo voy a borrar de mi mente. El intermitente no puede ser, es importante. El tema de las señales depende, pero si no miras algún stop puedes tener problemas. El paso de peatones es impepinable, que ahí la puedes liar parda. Estoy entre las marchas o las líneas de la calzada. Creo que al final pasaré de las líneas, por que total, en la mitad de los sitios no están, tienes tú que imaginártelas. Y al final la gente se mete por donde tiene hueco, pues yo igual, y luego que piten. Total, siempre me pitan. Aunque lo del tema de las marchas ... no entiendo cual es el problema de ir en segunda a todos sitios. Pues vas a 30 y más seguros todos ¿no? a 30 km/h no te puede pasar nada, vas superdespacito. ¿Y eso de qué el coche te pide las marchas? ¿qué lo tienes que automatizar? bueno, con eso no doy crédito. Hoy mi profesor me dice que el coche me habla ... y yo flipando ... ¿qué me habla? ¿y qué coño me dice? porque sería mucho más fácil si una vocecita me recordara que hacer en un cruce sin señalizar o cuando se tira un peatón a un paso de cebra (os juro que en cuanto ven un coche de autoescuela, se tiran, saben que paramos siempre). Una vocecita tipo kitt (te necesito) que me echara una mano en ese examen que me recome por dentro.

Porque el día que tenga que coger mi megane yo sola, estoy tranquila, conduzco más o menos como el resto de la gente, se me olvidan cosas que no ponen en peligro al resto de la humanidad. Pero a esta gente de tráfico se le ha metido en la cabeza que el día del examen hay que hacerlo perfecto, sin fallos, con los 5 sentidos (en mi caso solo uno válido) en el examen. Esa presión unida a las mil leyendas urbanas que corren en esta ciudad sobre los examinadores ... Pues imaginaros el panorama, es que me veo olvidando el intermitente y el tipo de atrás saltando sobre mi. Es que lloro. En cuanto me diga algo os juro que lloro.

Así que mi coach paterno me ayuda a controlar los nervios, visualizar el examen, canalizar la presión y mostrarme positiva. Todo eso a la vez. Y en ello estoy. Pero entre respiración y visualización me desahogo, y aprovecho para romper una lanza a favor de todos esos pre-novatos que no oyen su coche cuando les habla, que hacen todo el recorrido en la misma marcha, que confunden la derecha y la izquierda y que piensan que lo mejor que puedes hacer media hora antes del examen es tomarte un tranquimazín. Mucho ánimo, visualizar, controlar, canalizar y respirar hondo. La semana que viene, os cuento.